
Virutas de un divorcio y lo demás son cuentos

Semen. y castigo. Díganme dónde está el semen y les diré dónde está la culpa
Un hilo tan sutil como contundente recorre los cuentos aquí reunidos: cuerpo y alma. Cuerpos y almas de mujeres y hombres que se encuentran y desencuentran, entre espejismos y malentendidos. En estas páginas, que cuaje una historia “de amor” resulta un milagro. Para la escritora, las comillas son innegociables. Catalina Murillo vuelve a mostrarnos su capacidad de analizar la psique humana. En algunos de sus cuentos se diría que despliega a los personajes en la mesa de disección. Como suele en su narrativa, a la vez que cuenta, se pregunta por el oficio de contar. De una historia a otra, nos brinda una amplia paleta de registros y épocas. En uno de los relatos, la escritora de hoy dialoga con la protagonista del pasado; en otro, nos revela cómo narró el cuento; en algunos su voz se hace muy presente; en otros, desaparece. Provocarnos, esto es lo que hace Catalina hasta que puedes llegar a pensar: “Cómo es que me ha llevado cuarenta y siete años llegar hasta…mí”.
Qué nos cuenta la autora:
“Virutas de un divorcio” es un cuento largo, el que da título al libro, y está justamente escrito en virutas, en momentos. En cierto modo tiene una estructura psicoanalítica, deja a la memoria y al inconsciente traer, recuperar las virutas que son parte de un todo y, narrándolas, se construye este todo. La mujer del cuento toma una decisión casi a escondidas de sí misma y es después que va captando el sentido profundo de su propio actuar. A cada uno de esos momentos o mini estampas le puse un título. Pero son todo partes de un solo cuento, el de Virutas. Virutas toca, entre otros, un tema crítico: la culpa, y su manera distinta de manifestarse en hombres y mujeres. Aunque también la culpa global, cristiana, en la que la vida debe ser sacrificio, compromiso. Y ese cuento pregunta: ¿y si no? A continuación sigue “Y lo demás son cuentos”, que reúne doce relatos de diferentes texturas y calados, de tonos más o menos subidos, independientes y relacionados al mismo tiempo en los que no suceden cosas extraordinarias, como no suelen suceder en la vida real, aunque sí disecciono lo ordinario y quizás, por esto mismo, sacude y molesta como en “Vacaciones sin hombres”.

Fragmento
Hombres sutiles
“Yo amo los hombres sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”, escuchó canturrear allá en el fondo de su mente al despertar la mañana en que iba a firmar el divorcio. El inconsciente, qué ocurrente. Con esas tales palabras escuchaba la canción. Hombres sutiles. Como pompas de jabón. Como el que en unas horas sería oficialmente su ex. Qué gusto, firmar un divorcio así. Llevaban ya dos años separados, dos años desde la mañana en que ella bajó del árbol, y todavía no habían firmado el divorcio por… ¿Por?
Porque solo el tiempo pasa sin necesidad de que nadie lo empuje.
El ex (ahora sí lo consideraba sin dudas su ex) se había quedado viviendo allá en las Rías Bajas, en la cabaña de madera, cáñamo y bambú que había construido con sus propias manos. Ella había vuelto a su Madrid adoptivo y había alquilado un estudio. El Pequeño Reino, lo llamó. Su sanctasanctórum. Su recinto insobornable. Innegociable. La primera mañana que abrió los ojos ahí, sola, pensó: “Cómo es que me ha llevado cuarenta y siete años llegar hasta… mí”. No tenía hijos. Por eso no tenía problemas económicos ni de salud, tal vez. O tal vez no. Hay tesis para todo, e inseparables de las tesis, las antítesis. La verdad es que se había ido convirtiendo en una madre para su ex. Ya desde el inicio había sido un amor distinto. Transparente y liviano. Lo vio loquito enamorado de ella con candor y ella se descubrió pensando: “Pase lo que pase, no quiero que este hombre sufra”. Ella tenía treinta y cinco años. Era la primera vez en su vida que ponía a alguien por delante de sí misma. Los últimos tiempos de matrimonio habían sido de desapasionada camaradería. Él era francés. Tenía un humor ácido. Eran muy cómplices.
¿Demasiado? “A lo mejor una relación de pareja requiere una cierta tensión”, pensó su lado racional, que trabajaba sin cesar en dar argumentos a la separación. El otro lado, el irracional, estaba agazapado en la sombra, aterrado. Se sentía una criminal. La vida le había dado un amor como pocas personas conocen en su paso por la Tierra y ella lo iba a dejar. Iba a separar caminos con su soul mate. “Eso no se hace”, la reprendían unas voces femeninas, todas sus ancestras.
Acalló las voces. Se aferró a su decisión.
Quedaron de verse en el despacho del notario a la una para ir después a comer juntos. Tras firmar, se hicieron una selfi. Después, el notario, que era amigo de ella, le contó que en el despacho estaban todos maravillados, nunca habían visto un divorcio así, en amor y compañía. Hasta una navaja, había entrado en escena en una ocasión. A las dos y veinte ya estaban en la calle. Se fueron a comer a un mercado. Al salir del mercado, amenazaba tormenta. “¿Tomamos café?”, preguntó él. Ella sintió una punzada de dolor al darse cuenta de que no quería, prefería volver al Pequeño Reino, echar una siesta en esa tarde lluviosa, terminar de ver una serie que la tenía enganchada. Me encantaría, pero… Tengo que… Además debo ir a… Esto y lo otro… Y va a llover. “Il ne pleut que sur les cons, dijo él y ella recordó la primera vez que lo escuchó decir esa frase, tras dos semanas de lluvia sin tregua en el Caribe de Costa Rica. Ambos se habían retorcido de la risa. Solo les llueve a los tontos. “Te trajiste la lluvia de Galicia”, bromeó ella. Detrás de ese inocente diálogo, todo eran indirectas. Ella había terminado por aborrecer el clima gallego; decía que adoraba Madrid porque ahí nunca llovía. Se sintió obligada a acompañarlo a comprarse un paraguas. Al salir de la tienda, llegó ineludible el momento de la despedida. Muac, muac, besitos apenas dibujados en las mejillas, nos hablamos, chao, que vaya bien. Ambos fingieron que era una despedida como otra cualquiera. Lo vio alejarse. Cojeaba un poco. Qué enorme cariño le tenía. Allá va un hombre que ya no deseo llamar “mío”. Espero que encuentre una mujer que lo quiera bien. Hubiera preferido no divorciarse, no pasar nunca por un divorcio. Que se hubieran unido y separado con la misma naturalidad con que lo hacen dos perrillos callejeros. Qué disparate firmar un papel para separar caminos. Qué disparate, también, para unirlos.
