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Dulcinea Herstoria

Don Quijote de La Mancha es un libro para morirse de risa. Pero,siempre hay un pero. ¿Alguna vez han tratado de contarle un chiste muy tico a una persona extranjera? Es imposible; bueno, contar el chiste, no; pero sí que la persona se ría, después de todas las explicaciones.
Cuando llega el final, más que risas hay una forzada sonrisa apareciendo tras un disimulado bostezo.
La comedia tiene las patas cortas, se dice; viaja poco y viaja mal.
Lo que hace una gracia enorme en un sitio no se entiende siquiera en el país vecino. Los chistes que nos parecían buenísimos en la infancia, en el cole son de echarse a llorar.
Con la pieza teatral Dulcinea del Toboso, herstoria me propuse traducir un chiste, por así decir, he querido transferir la divina gracia de Cervantes a nuestro Teatro Nacional. El Quijote –tan lúcido y tan chiflado–, Sancho Panza –tan simple y tan sabio– y Dulcinea, ¡ella en especial!, tan etérea y a la vez tan de carne y hueso. Aquí revelaremos además el lado oscuro (por desconocido) de esta dama del Toboso.

Maybe Managua

Para esta enésima reedición, hice lo que nunca: he vuelto a leer Marzo todopoderoso. Ha sido agónico, como practicar deporte de alto impacto cruzada la línea de los cincuenta.

A Azul, su protagonista, ni la perdono ni la culpo. Lo suyo era furia, una furia que ahora por fin entiendo. ¿Furia de qué, contra qué? No hay forma breve de decirlo, hay que leer la historia para entenderla.

“Te felicito como escritora y te compadezco como mujer”. Eso me dijo un escritor veinte años mayor que yo, hace veinte años, después de leer el libro que usted tiene ahora entre ojos. Lo cierto es que no requiero ya compasión alguna.

La autora

Eloísa vertical

«Tengo que contar mi historia, es lo único que me queda».
La frase es de Eloísa –nombre ficticio–, una mujer esquizofrénica que de niña hablaba con los animales y años después amenazó con degollar a un cura en plena misa. Condenada durante la mitad de su vida a un círculo infernal de internamientos psiquiátricos, penurias económicas y exclusión, nunca tuvo la oportunidad de hilvanar un relato sobre sí misma.

A partir de sus encuentros en un remoto pueblo de Galicia, Catalina Murillo toma distancia y deja correr un torrente verbal excesivo y a menudo desbordado por ideas peregrinas, cada cual más extravagante que la anterior. A lo largo de episodios cruciales del pasado de la protagonista –alucinados y alucinantes, pero reales– va tomando relieve un impulso vital sin freno, rabioso e
insobornable. Recobrar la propia voz aflora aquí como una vía posible a la cordura.

Marzo todopoderoso

Para esta enésima reedición, hice lo que nunca: he vuelto a leer Marzo todopoderoso. Ha sido agónico, como practicar deporte de alto impacto, cruzada la línea de los cincuenta.

A Azul, su protagonista, ni la perdono ni la culpo. Lo suyo era furia, una furia que ahora por fin entiendo. ¿Furia de qué, contra qué? No hay forma breve de decirlo, hay que leer la historia para entenderla.

“Te felicito como escritora y te compadezco como mujer”. Eso me dijo un escritor veinte años mayor que yo, hace veinte años, después de leer el libro que usted tiene ahora entre ojos. Lo cierto es que no requiero ya compasión alguna.

 La autora

Tiembla, memoria

¿Se puede contar una herida?, pregunta la narradora de esta novela que, en definitiva, es eso: la cronología de una pena de amor. Con un lenguaje afilado y desaforado, la narradora disecciona la historia desde el nacimiento –o invención– del enamoramiento, hasta su desplome y posterior sanación.

Narradora y protagonista son a veces una y a veces, dos. La que vaga por las calles, fiestas y camas de Madrid es Cata M. Botellas, más que un seudónimo una sosias de la autora, una estrategia de desdoblamiento para verse desde fuera. Todo dolor se transforma cuando deviene carne de literatura.